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18 octubre 2012
27 septiembre 2012
BLANCANIEVES REPRESENTARÁ A ESPAÑA EN LOS PREMIOS OSCAR Y ARIEL
La película muda "Blancanieves" representará a España en los Oscar, el máximo reconocimiento de la industria del cine que el año pasado agasajó a otra cinta sin sonido y en blanco y negro, "The Artist", informó el jueves la Academia del Cine español.
La realización
de Pablo Berger se impuso en la votación final a "El artista y la
modelo", de Fernando Trueba, y "Grupo 7", de Alberto Rodríguez.
"Blancanieves",
protagonizada por Maribel Verdú, Ángela Molina y Macarena García, fue
presentada el pasado sábado en el Festival de Cine de San Sebastián con
una gran acogida, donde compite junto a otros 17 títulos por la Concha
de Oro.
Su director Pablo Berger quiso dejar claro entonces las
diferencias de su obra con la francesa "The Artist", ganadora de cinco
Oscar la pasada edición, entre ellos el de mejor película.
"Ambas
son películas de gran presupuesto, con actores de primera división, pero
'The Artist' fue un homenaje al cine mudo americano y 'Blancanieves' es
un homenaje al cine mudo europeo, que tiene algo más de transgresor",
dijo Berger, añadiendo que cuando empezó el proyecto en 2005 no sabía
nada de "The Artist".
La obra que representará a España en la
carrera por el Oscar es una "fusión de imágenes y música" y cuenta la
historia de Carmen, una joven con una infancia atormentada por su
terrible madrastra que huye del pasado acompañada por una tropa de
enanitos toreros.
La película es una novela gótica y un melodrama,
según su director, y es un "cuento de cuentos" porque tiene algo de los
personajes de Cenicienta, Alicia, de Caperucita, y de las obras de
Oliver Twist y de Charles Dickens.
Maribel Verdú, que interpreta a
la madrastra - una 'top model' -, se mostró encantada con hacer de
"mala" por primera vez en su carrera.
"Llevo 20 años sufriendo y hacer de mala, sin pedir perdón a nadie, es muy grande", dijo en San Sebastián.
La producción española, que también aspira al Ariel
mexicano a la mejor película iberoamericana, se enfrenta también a las
comparaciones con otras dos versiones inspiradas en el cuento de los
hermanos Grimm rodadas este año con grandes estrellas: "Blancanieves y
la leyenda del cazador", con Charlize Theron, y "Blancanieves" con Julia
Roberts.
FUENTE: Yahoo
04 septiembre 2012
TERCER INCURSIÓN DE BUNBURY EN LA PRODUCCIÓN CINEMATOGRÁFICA
La España de los años veinte, con sus corridas y sus mantillas, ambienta una nueva versión cinematográfica del cuento clásico. El director Pablo Berger tardó cinco años en dar vida a esta obra silente y en blanco y negro con Maribel Verdú como madrastra
La caja es
negra, no muy grande, y aparecía como recipiente de sueños, como
promesa de tesoros. Pablo Berger (Bilbao, 1963) hizo unas pocas, las
suficientes para atraer a la gente a su proyecto. En ellas hay 10 fotos,
y junto a cada una de ellas, una frase. Así se presentaba Blancanieves:
1. Blancanieves es una experiencia sensorial (junto a una foto de una sala de cine).
2. Blancanieves es un viaje en el tiempo (que acompañaba a un retrato de dos mujeres con sombreros de los años veinte).
3. Blancanieves es un cuento en imágenes (al lado de una fotografía de enanos toreros realizada por Cristina García Rodero).
4. Blancanieves es emoción (junto a un retrato de la mítica actriz Gloria Swanson).
5. Blancanieves es un homenaje al cine (y una fotografía de un rodaje).
6. Blancanieves es un musical (que acompañaba a una foto de una bailaora flamenca y una guitarra daliniana).
7. Blancanieves es un melodrama gótico (a su lado, una calavera).
8. Blancanieves es una historia de amor (con un retrato de otra leyenda del cine, Rodolfo Valentino).
9. Blancanieves es una coproducción europea (y una fotografía de un hombre de espaldas con un sombrero de copa).
10. Blancanieves es el personaje de cuento más popular de la historia (con un retrato de Dolores del Río con peineta).
Junto a cada frase,
una párrafo explicativo, y al final, unos títulos de crédito del futuro
proyecto y el currículo del director. Con esa caja, Pablo Berger se
reunió hace cinco años con Maribel Verdú: "A mí me encantan los paquetes
regalo, no te voy a engañar, y me pareció una presentación increíble".
Berger le pidió ese encuentro antes de que la actriz leyera el guion,
para explicarle las sensaciones que quería transmitirle al público en
una apuesta más allá de lo arriesgado. Igual que Michel Hazanavicius
estuvo casi diez años dándole vueltas en la cabeza a The artist, Berger ha rumiado su Blancanieves
ocho años, y los últimos cinco ha luchado por sacar adelante la
producción. Así que el día del encuentro entre el director y quien iba a
ser su madrastra, hace un lustro, parecía imposible que un filme
silente (mudo y con música) y en blanco y negro pudiera llegar a ganar
el Oscar y triunfar en taquilla.
Porque Blancanieves
es una panoplia de riesgos: silente, en blanco y negro, desarrollada a
finales de los años veinte en España, en un mundo de matadores, flamenco
y enanos toreros. "Nunca he sido aficionado a los toros", confiesa su
director, "pero poco a poco fui encajando las ideas: Blancanieves
debía ser en blanco y negro y muda, y si la hacía así, tenía que
transcurrir en los años veinte [la época gloriosa del cine mudo]; y si
era en España, el auténtico mundo de la realeza era el de los toros, con
sus reyes matadores, su corte cuadrilla, su cortijo castillo de cuento…
Además tenía en la cabeza las fotos de España oculta,
de Cristina García Rodero, con esa España profunda y visceral, con sus
enanos toreros… Y todo eso me llevó al flamenco. El padre de
Blancanieves es un torero de ficción inspirado en Belmonte. En la
película hay secuencias de toros, pero no es un filme taurino. No soy
taurino. Tampoco mi padre me llevó a los toros de niño. Sí es cierto que
mi padre veía las corridas por televisión y que yo vi muchas de pequeño
con él, en aquel blanco y negro televisivo. Siempre he pensado que los
toros son muy cinematográficos. Tienen movimiento y conflicto. Ceremonia
narrativa". Y de flamenco, ¿cómo andamos? "Tampoco soy flamenquito.
Aunque hay algo en los sentimientos que transmite el flamenco que no se
da en ningún otro tipo de música: su ritmo, su guitarra, sus palmas
tribales… lo hacen único e identificable". Más aún: Berger ha compuesto
la letra del tanguillo que se escucha en la película y que con su voz
especial desgarra Sílvia Pérez Cruz.
'Blancanieves' es un puñetazo.
Brutal, contundente. Berger inventa y lee cuentos por las noches a su
hija; con esas sensaciones que nacen del asombro infantil, fue madurando
el proyecto. "Es mi versión libre del cuento, aunque están sus
elementos característicos: la niña huérfana de madre, la madrastra, los
enanos, la manzana… y algo parecido al espejo". Y Cristina García
Rodero, e Ignacio Zuloaga, y Julio Romero de Torres, y la guía musical
del guitarrista Chicuelo. Para quienes busquen comparaciones con The artista,
más allá de ese blanco y negro y de ser muda, no hay paralelismos. "Con
su estreno, pasé algo de miedo. Cuando la vi, me di cuenta de que no se
parecían en nada. The artist es una película deliciosa, aunque alejada
de lo que yo he rodado. Eso sí, ha servido como rompehielos en las
salas, ha derrotado muchos prejuicios sobre este formato
cinematográfico". Su Blancanieves es racial -con rostros perfectos para
ese tono como los de Ángela Molina (la abuela con la que se cría la
protagonista), Inma Cuesta (la madre), Daniel Giménez Cacho (el padre
torero) o Maribel Verdú (la madrastra)-, es gótica -al estilo de los
hermanos Grimm, refundadores de la leyenda germana original- y a su vez
es Carmen como la de la ópera de Georges Bizet: tanto que en el filme Blancanieves en realidad se llama Carmen.
Y es un constante goteo de referencias para cinéfilos: "A mediados de los ochenta, en San Sebastián, vi una proyección de Avaricia,
el gran clásico del cine mudo de Erich von Stroheim, con una orquesta
sinfónica en directo. Me creó unas sensaciones como pocas veces he
tenido en una sala. Quiero recrear en el público todas esas emociones,
que se sientan como cuando le leo el cuento a mi hija de siete años. Y
para eso vuelvo a los orígenes, a su aspecto gótico, aunque a una época
diferente, a los años en los que surgieron obras maestras como Napoleón, de Abel Gance, o La pasión de Juana de Arco,
de Carl Theodor Dreyer, cuando comenzaba la Universal a filmar sus
clásicos del cine de terror". Berger se emociona hablando de cine, de
planos de Juana de Arco,
de Dreyer, con su intérprete protagonista, María Falconetti; del
cineasta Victor Sjöström; de poder estrenar su película en alguna ciudad
con orquesta en directo… "Antes que director soy cuentista, así que
elijo crear sensaciones". Que nacen en este drama de los rostros ajados y
marcados de los años veinte, de esos caretos de pueblo sin dientes que
lo mismo estallan en risotadas histéricas que se retuercen ante el
sufrimiento de la niña protagonista. Era la España de hace 90 años y aún
sigue ahí, porque es parte de lo que somos.
Si en los ochenta una proyección de Avaricia desarmó a Berger, a inicios de los noventa España oculta,
la serie de fotografías de Cristina García Rodero, le empujó en la
misma dirección: "Hay una mirada muy humana y a la vez muy esteta en
García Rodero. Ahí estaban los enanos toreros, y todo empezó a encajar". El caldo de cultivo bullía, pero se cruzaron por el camino muchas otras
cosas: sus años como profesor, el rodaje y el estreno de Torremolinos 73 (2003), su primer largometraje. "Escribí el guion de Blancanieves,
y cuando me llamó el productor Ibon Cormenzana para ver qué proyectos
tenía, se lo pasé con un 'a ver qué te parece'. Al día siguiente me
dijo: 'Es el mejor guion que he leído en mi vida'. Pero también intuimos
lo complicado que iba a ser el puzle financiero, que teníamos que
defender su esencia silente y en blanco y negro. Vamos, que nos iba a
costar".
Retroceso al primer encuentro con
Maribel Verdú. "Siempre me ha preocupado e interesado más el recorrido
que el resultado: los rodajes, los ensayos", dice la actriz madrileña.
"Y este sonaba apasionante. Porque además dejaba un poco de lado las
mujeres sufrientes que me ofrecen habitualmente por una mala malísima,
que lo es sin ningún miramiento, porque sí. Me apunté de inmediato, a
sabiendas de que costaría". Berger: "Con ella al lado teníamos una baza
de calidad y popularidad, y el rostro perfecto para Encarna, ese
demonio". Si sirve para hacerse una idea, los hermanos Grimm la
definieron así: "Una mujer hermosa, aunque arrogante y presumida, que no
podía soportar que alguien la superase en belleza". Y un personajazo
para alguien como Verdú que asegura no tener sentimientos maternales:
"Cuidado, que no quiere decir que no me gusten. Yo creo que les caigo
bien porque les hablo de tú a tú. Con los niños me hago su amiga; pero
como con el resto de la gente, porque creo en tender puentes, en
colaborar, en que para la vida la inteligencia emocional se nota. Para
trabajar desde luego en esta profesión es fundamental". Hay otro empaque
añadido que aporta la actriz: ese rostro angulado, fascinante,
cinematográfico, que tan bien encaja con toda la colección de sombreros
lujuriosos, trajes desmelenados, galgos estilizados y miradas dramáticas
que le adornan en la película. "Era maravilloso. Pocas veces he tenido
un surtido así de vestuario. Me lo pasé bomba con tanto maquillaje".
Aunque el rodaje fuera en verano, aunque en la plaza de toros de
Aranjuez -trasunto de un majestuoso coso sevillano- hiciera un calor
infernal: allí estaba Verdú feliz con su triple capa de maquillaje,
vestido negro y velo. Entre risas, recordando el momento, Verdú
apostilla: "No quiero hacer cualquier cosa, como sí hice en el pasado…
Pero si se tuerce el futuro, por supuesto, hay que vivir. Espero que la
gente vea una de mis películas y entienda por qué escogí el proyecto".
¿No será en el fondo Blancanieves
una bilbainada? Tanto Cormenzana como Berger nacieron allí. "Es como de
chulos y de crecidos", bromea el director. "Puede, y con el tiempo me
ha ido creciendo la duda". En cambio, otros no lo creen así. Tras
rechazar una oferta del Festival de Cannes, Blancanieves
participará a concurso en el de San Sebastián el próximo 22 de
septiembre, antes de su estreno comercial el siguiente viernes, 28 de
septiembre. Su proyección ha creado inmensas expectativas, porque
algunos ya la consideran la película española del año. Verdú guarda una
frase final que aplica a su vida y a Berger: "Creo en la honradez y la
honestidad". A su guionista y director se le escapa una mirada de
satisfacción antes de confesar "nervios y miedos". "Aunque, al final, ha
salido lo que quería".
Fuente: El País
13 junio 2012
TERCERA INCURSIÓN DE BUNBURY EN LA PRODUCCIÓN DEL CINE ESPAÑOL
Pues ya tenemos el teaser de una de las películas más importantes de este año -a tenor de lo que se oye en el mundo festivalero-: Blancanieves, de Pablo Berger. Se estrena el 28 de septiembre, y sí, es otra Blancanieves (la tercera de la temporada), pero en blanco y negro, muda, y ambientada en la España de los años veinte.
Blancanieves
huye de casa para buscarse la vida en el mundo del toreo. Ahí es nada.
Pablo Berger ha cogido la España de toreros, flamenco, tricornios y
bigotes para zarandear el cuento de los hermanos Grimm. A Berger le
impresionó una proyección de Avaricia,
de Erich von Stroheim, y desde entonces ha querido rodar un filme con
esas aspiraciones. "Yo he hecho una película a favor del público, nada
experimental, aunque con muchas lecturas y múltiples guiños a Abel Gance
o Carl Dreyer. Tiene terror, humor negro, mezcla de géneros. Solo hay
una diferencia: en vez de diálogos, oímos música. Al público ya le gustó
Wall.E. Pues, ¿por qué no Blancanieves?",
decía en el rodaje Berger, el director de Torremolinos 73. Maribel
Verdú y Macarena García encarnan a la madrastra y a la protagonista,
respectivamente. En el resto del reparto están Daniel Giménez Cacho,
Pere Ponce, Inma Cuesta, Ángela Molina y José María Pou. Su estreno, 28
de septiembre, muestra muy a las claras la intención de que la película
esté presente en el certamen de San Sebastián. Y sin más, el teaser .
Fuente: El País (España)
21 febrero 2012
BLACKTHORN OBTUVO 4 PREMIOS GOYA
27 julio 2011
TERCERA INCURSIÓN DE BUNBURY EN UNA PRODUCCIÓN CINEMATOGRÁFICA
Blancanieves: Un cuento gótico, será la tercera incursión de Enrique Bunbury en una producción de cine español.Extracto de la entrevista realizada por el diario mexicano Récord al zaragozano:
Qué te alentó a debutar como productor de cine?
A lo largo de los últimos años he invertido mi dinero con muy poco acierto, en: una compañía discográfica que quebró (“A la inversa Records”), una revista monográfica que sólo editó un número (“Avalancha”), una editorial de poesía que publicó trece volúmenes y también quebró (“Chorrito de Plata”) y, ahora, me asocié con un productor de cine para sacar adelante proyectos cinematográficos de diversa índole. Ya ves, sigo en las mismas, o parecidas.
Este año produciremos tres películas. Es un año malo para el cine español. Dicen que el cine español vive únicamente de las subvenciones del Estado. Nosotros intentamos conseguir dinero de particulares para que se sigan contando historias emocionantes y, artistas con talento y cosas que decir, puedan hacerlo.
20 junio 2011
SEGUNDA INCURSIÓN DE BUNBURY EN LA PRODUCCION DEL CINE ESPAÑOL
Mateo Gil, uno de los talentos del cine español, deslumbra con una historia contemporánea en la que saca de la tumba al mítico forajido butch Cassidy. La confirmación de que alguien no dispuesto a tirar la toalla termina saliéndose con la suya.La primera vez que Alejandro Amenábar reparó en Mateo Gil pensó que aquel compañero suyo de clase se estaba equivocando. Gil, un canario de ojos claros llegado a Madrid con el propósito de estudiar cine, discutía con una profesora de la Facultad de Ciencias de la Información. Intentaba convencerla de que no estaba explicando bien la lección. "¿Quién sería ese idiota que buscaba desesperadamente un suspenso?". Al término de la clase, Amenábar se acercó al kamikaze académico:
"Le dije que no fuera tan pesado, que no merecía la pena". Aquel fue el principio no solo de una gran amistad, sino de una de las parejas creativas más sólidas y fructíferas del cine español reciente. Juntos han firmado, además de varios cortometrajes, los guiones de Abre los ojos, Mar adentro y Ágora. Tesis, la película que convirtió con 23 años a Amenábar en un talento precoz -y de la que Gil fue ayudante de dirección-, bebía del mundo de estudiantes de ambos. "Éramos los dos freaks de clase", recuerda Amenábar.
Amenábar lo reconoce, Mateo Gil era más maduro que el resto, más inteligente y más noble. Aunque nada de eso evitó que aquella profesora le suspendiera. "Nunca supo venderse bien, no es muy pícaro", justifica su viejo amigo. Quizá eso explique por qué Mateo Gil, pese a una carrera de éxitos, destile un fondo de íntimo fracaso. A sus 38 años ha ganado cuatro goyas, pero nadie le ha visto aún rondar una gala de los Premios de la Academia. Él se jacta de haberse librado siempre en lo posible de pisar una alfombra roja. No recogió ni el Goya como director del cortometraje Dime que yo ni los tres como guionista que logró por Ágora, Mar adentro o El método, esta última dirigida por Marcelo Piñeyro.
Su segundo largometraje como director, Blackthorn, un western rodado en inglés con Sam Shepard y Eduardo Noriega a la cabeza del reparto, puede significar la consolidación definitiva de un hombre que hasta ahora parecía sentir alergia al triunfo. O, mejor dicho, a creerse los triunfos. "Tengo los cajones de mi casa llenos de proyectos fallidos", dice justificando una innata tendencia a verlo negro, a no querer formar parte de un mundo en el que no acababa de encontrar su sitio. "Yo llevo mucho tiempo aquí, pero de alguna manera es como si aún no hubiera llegado. Aunque quizá ya llegué a un sitio y ahora solo toca jubilarse. No lo sé. A mí me gustaría hacer películas como se hacían hace diez años, pero eso ya es imposible, así que no dejo de pensar por dónde puedo tirar. En pocos años, las cosas se han puesto muy difíciles para todos y solo sé que hoy ni siquiera podría volver a hacer una película como Blackthorn".
"Mateo duerme en una cama de ceniza", bromea Amenábar. "Nunca es su sitio, ni su momento, ni su lugar, y siempre tendría que dedicarse a otra cosa. Lleva años diciendo lo mismo. No le hacemos ni caso". "Llevamos mucho tiempo viéndole quejarse, pero sin dejar un solo día de trabajar", interviene Eduardo Noriega, otro de sus mejores amigos. "Mateo es una contradicción con patas. Tiene una mezcla perfecta entre ingenuidad y lucidez que le hace irresistible, y no solo hablo de su éxito con las mujeres. Él siempre ve el vaso medio vacío, pero lo cierto es que sin un poco de seguridad en uno mismo nadie se dedicaría a esto. Es verdad que le gustaría escribir y dirigir sin que nadie le conozca, pero eso no le hace detenerse. Es pesimista, es autocrítico, pero a la vez confía mucho en sí mismo. Un pesimista de verdad no avanza y él es perseverante y trabajador".
"No me gusta mucho el mundo de la farándula, me siento más cómodo en un entorno sencillo", añade Gil, sentado en una luminosa cafetería del barrio madrileño de Malasaña, donde vive. Cerca de allí, en otro bar de la plaza del Dos de Mayo, trabajó en los años noventa como camarero. Eran sus primeros pasos en Madrid como un estudiante desencantado con una universidad donde no encontraba lo que quería. Acabó vendiendo enciclopedias por las casas y repartiendo paquetes como mensajero.
Hijo mediano de una "curranta" y de un agricultor de Telde, Gil dejó Las Palmas al acabar el bachillerato. Empezó la carrera pensando que allí encontraría una respuesta a su vocación cinematográfica, pero a los dos años empezó a buscar trabajos complementarios, consciente de que con el decaimiento de su dedicación a los estudios se esfumaba la posibilidad de obtener becas para pagárselos. La repuesta a su vocación no la encontró en las clases, sino en un grupo de inadaptados: Carlos Montero, creador de la popular serie Física o química, Amenábar y, más tarde, dos actores entonces aficionados, Eduardo Noriega y Fele Martínez. Con ellos, desde el primer curso, empezó a rodar piezas de vídeo.
Eran plenos años noventa y estos niños criados en los ochenta se abrían paso cargados de energía, pero con los lastres propios de una generación que nunca entendió bien cuál era su papel como grupo. Sin representantes posibles, incluso una cámara de cine, dueña hasta entonces de todos los sueños, se podía convertir en sus manos en un arma de destrucción del ambiente que respiraban los pasillos de su odiada Facultad. En Himenóptero, el corto que encerraba el embrión de Tesis, Mateo Gil aparecía como director de fotografía.
"De los tres trabajos que tuve al llegar a Madrid, me quedo de lejos con el de camarero. Aquella fue una buena época para mí", asegura. "Nunca quise ser guionista, ¿quién querría serlo con lo poco que se cuidan en España? Solo un masoquista. Yo tuve la suerte de encontrar a Alejandro, con el que me entendía perfectamente. Y sé que hoy no estaría aquí si no fuera por él. Nos formamos juntos y luego, cuando tuvo éxito, me abrió muchas puertas. Pero lo cierto es que me convertí en escritor de cine por casualidad, porque mi vocación no era escribir. De hecho, era muy malo, pero aprendí los trucos y a adaptarme, aunque nunca he sabido si de verdad era lo mío", añade.
Lo cierto es que Mateo Gil se convirtió en el frontón de Amenábar y juntos llevaron lejos dos imaginaciones a priori opuestas. "Digamos que yo era más de cine de palomitas, y Mateo, de versión original. Gracias a él vi mucho cine que hasta entonces desconocía". "Verlos trabajar es un espectáculo. Sus conversaciones son eternas. Mateo aportó calidez a Amenábar. Domina muy bien la estructura del guion", asegura el productor habitual de Amenábar, Fernando Bovaira, que también estuvo detrás de Nadie conoce a nadie, la película con la que hace más de una década Gil debutó como director.
Entre su ópera prima y Blackthorn naufragó el proyecto más ambicioso y personal del cineasta: la adaptación al cine de una de las obras cumbres de la literatura, Pedro Páramo. Quienes le conocen dicen que Mateo Gil vivió un verdadero calvario al ver cómo se derrumbaba el proyecto de su vida. Aunque pudoroso a la hora de exhibir sentimientos, no niega que aquel fracaso marcó un antes y un después en su camino. "Solo puedo decir que fue un golpe tremendo. Es una película con la que estaba obsesionado desde los 18 años. Es difícil definir por qué era así; tenía que ver con una visión general de la vida con la que me identificaba. Una visión que tiene que ver con una melancolía muy profunda que está en Pedro Páramo y en el propio Rulfo. Escribí el guion en dos meses. Lo llevaba totalmente dentro. Ahora la tengo totalmente aparcada, pero si pienso que nunca la haré, me pongo a llorar". Asoma el hombre obstinado: "O la hago como quiero o no la hago. Solo tiene sentido la propuesta tal cual era. Una propuesta naturalista, una adaptación de la época fiel. No quería hacer una película con un ambiente onírico o místico".
Aunque todo el mundo habla maravillas de aquel guion, toda la coyuntura estuvo de espaldas a Mateo Gil y su historia. Se quedó solo. A lo mejor parte de aquel fracaso se deba también a su propensión a huir del conflicto. No le gustan los golpes en la mesa ni los gritos. "Sé que muchas personas de mi equipo en Blackthorn pensaban que era poco duro, y quizá tenían razón. Fue un rodaje muy complicado, pero a mí me cuesta explotar. Mi director de fotografía, Juan Ruiz de Anchía, trata siempre de usted a sus eléctricos y esas formas suyas me parecen un buen ejemplo. La buena educación siempre es buena".
Tras el fiasco de Pedro Páramo (en cuya preproducción trabajó durante meses en México) se oculta el germen del filme que ahora se estrena. De alguna manera, la sombra de aquella planea sobre esta, una película sobre la amistad, sobre la vejez, sobre el tiempo -"un tiempo que vivimos de manera muy dramática", dice su director- y sobre la muerte. Se curó de la herida primero dirigiendo el cortometraje Dime que yo (en el que afloraban otro tipo de fantasmas: los de la pareja) y sobre todo a través de un western inclasificable en el que saca de la tumba al mismísimo forajido Butch Cassidy y con el que de alguna manera confirma que es de esos que no tiran fácilmente la toalla, algo que encaja con una frase que el propio cineasta suelta sobre sí mismo: "No me creo nada, pero por alguna razón no puedo dejar de hacer las cosas". Así que ahora, cabalgando en la pantalla a lomos de la vida eterna de un hombre muerto, no cuesta imaginar a sus amigos decirle: "Anda, Mateo, te saliste con la tuya. Apuraste el vaso medio vacío".
Butch Cassidy cabalga de nuevo
Qué fue de Butch Cassidy en Bolivia? ¿Y si no murió junto a su amigo Sundance Kid en un enfrentamiento con el ejército en 1908? ¿Qué vida llevaría ese legendario forajido americano, minucioso planificador de sus atracos a bancos y grandes corporaciones? ¿Seguiría rechazando la violencia? ¿El buen humor continuaría siendo parte imprescindible de su carácter? ¿Era ya un hombre cansado? Pues para indagar en todo eso, lo mejor es ir al cine a ver la película Blackthorn. Sin destino, el segundo largometraje de Mateo Gil.
No se toparán solo con ese personaje real, toda una leyenda en Estados Unidos; también se encontrarán con un western en el sentido más clásico, una grata sorpresa en el panorama cinematográfico en España. Protagonizada por Sam Shepard, Eduardo Noriega y Stephen Rea, entre otros, Blackthorn. Sin destino, rodada en el altiplano boliviano con un presupuesto de alrededor de 3,5 millones de euros, se estrena el próximo 1 de julio.
La sorpresa empieza en el propio Mateo Gil. Nunca se imaginó el realizador de Nadie conoce a nadie dirigiendo un western, el género pionero en la historia del cine. Se recuerda el director de niño en la calle jugando con otros niños. Eran vaqueros que se peleaban y se golpeaban aparatosamente. Esa fue la primera aproximación al western real, porque al de las películas llegó en las sesiones de los sábados en televisión.
"Mi primera formación como cineasta estuvo en el western. Muchos directores hemos tenido siempre la fantasía de realizar uno. Yo he tenido la suerte de poder hacerlo". Fue una mezcla de circunstancias las que provocaron la llegada de Gil a esta película. Metido él en el proyecto de Pedro Páramo, movió incluso el guión escrito por su amigo Miguel Barros por diversas productoras, pero sin pensarse nunca como director. Cayó Pedro Páramo y el productor Andrés Santana -"cabezón donde los haya"- le propuso unir sus fuerzas para esta aventura que ha durado más de tres años.
"Una de las cosas que más me atraen del western es que, teniendo dosis de suspense, de acción, incluso de romanticismo, es un género muy político, que permite narrar conflictos morales en términos muy sencillos. Es perfecto para el drama, todos los temas que trata siguen vigentes, la propiedad, la preponderancia de la ambición frente a valores como la amistad y la libertad, qué líneas cruzar o no frente a la autoridad", asegura Gil.
Se ha atrevido con todo. Lo ha hecho de frente, con humildad y siendo consciente de que su objetivo era homenajear el género, con una mirada respetuosa y pequeña alejada del cine más espectáculo. Ha osado incluso poner rostro de nuevo a Butch Cassidy, después de que Paul Newman lo inmortalizara en 1969 en Dos hombres y un destino, dirigido por George Roy Hill.
Es verdad que lo ha hecho con el gran Sam Shepard, pero con todo y con ello... "Más que ponerle un nuevo rostro con Shepard, lo que más temía era hacer una película sobre Cassidy, toda una leyenda en Estados Unidos. Desde el principio me ayudó a mantener mi miedo algo acotado el hecho de pensar que el mercado natural de mi película era España y no Estados Unidos, aunque ahora se está vendiendo muy bien e incluso hay fecha de estreno para ese país. De esta manera me quitaba un poco la presión. Por otra parte, creo que el hecho de que Dos hombres y un destino pegara tan fuerte ha segado de alguna manera el personaje real y ha dejado en el tintero un montón de aspectos que a mí me parecen muy interesantes". Fue aquí donde apareció Mateo Gil y toda su panda. Para hacer un retrato de un tipo muy especial. Las características del personaje están basadas en la realidad, el resto es ficción. Y la realidad es que Cassidy era un ladrón de bancos con vocación, que nunca robaba a la gente, sino que lo hacía a las grandes compañías ferroviarias, financieras o mineras. Un tipo que planificaba los atracos para evitar la violencia. "Nunca he tenido que matar a nadie". Esta frase, atribuida al forajido, puede ser verdad o no, pero Mateo Gil asegura que Cassidy se imponía con autoridad al frente de bandas plagadas de asesinos y psicópatas. Pero detrás de los atracos de este héroe de leyenda no solo estaba el deseo de hacerse con el botín, también una lucha ideológica contra los grandes propietarios de la tierra y los potentados en un mundo de miseria.
El realizador afirma que para enfrentarse a este reto "revisé muchísimos westerns. Los vi, los disfruté, pero sin tomar ninguna nota, solo me dejé empapar. Hay un riesgo cuando te enfrentas a un género como este donde se han hecho tan buenísimas películas. Por encima de todo quería hacer un homenaje a ese género y esa época". No hubo siquiera un planteamiento teórico demasiado estricto. Fue en los primeros días del rodaje cuando surgió, entre todo el equipo, el estilo del filme, como esa utilización del zoom continuo o, ya en la posproducción, el cambio de la cinta a scope.
Ahí tenían el altiplano, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar. Fueron meses de reconocimiento para decidir si ese paisaje merecía la pena y si era viable el rodaje. La conclusión que sacaron fue que no era viable, pero sí imprescindible. "El altiplano es un paisaje diferente al que vemos en los westerns. Estamos tan acostumbrados a ver paisajes maravillosos en el cine que de alguna manera nos hemos inmunizado. Una manera de luchar contra ese adormilamiento es presentar a los espectadores un paisaje igual de potente, pero distinto. El altiplano es justo lo que buscábamos".
Y entre los caballos y los rifles, Sam Shepard y Eduardo Noriega frente a frente. Butch Cassidy que se topa en el camino con un joven ingeniero español que acaba de cometer un robo. Shepard, el dramaturgo y escritor imprescindible de la literatura norteamericana, dio el sí a su participación a la semana de leer el guión. Sus aspiraciones económicas fueron muy humildes, respetuoso con el hecho de que era un filme pequeño. Fue solo a Bolivia, tres meses sin acompañantes ni representantes. E impuso sin quererlo su manera de trabajar. Una interpretación que va directamente a la frase y a la escena de cada día, sin elaboraciones camaleónicas del personaje. Algo que también, en opinión de Mateo Gil, hizo su gran amigo y colega Noriega. "Se ha hecho más consciente de sus limitaciones y sus posibilidades", dice Gil de Noriega. "Creo que se ha soltado emocionalmente, algo que también a mí me ha pasado. No quería que construyera ningún personaje. Quería ver al Eduardo que yo conozco viendo partidos de fútbol o cenando con amigos, ese que estalla en risas como un niño".
Mateo Gil ha encontrado en la leyenda a un Butch Cassidy algo mayor y cansado, pero con ganas todavía de volver a sus viejas ilusiones, alguien que todavía cree que hay que defender los ideales.
Fuente: Elpaís.com
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